Cuatro criterios básicos que el Pacto por la Sanidad debe tener en cuenta

La revista Diario médico ha publicado un excelente artículo del Sr. Miguel Asenjo Sebstián que reproduzco íntegramente.

Puesto que la salud se asocia a un sentimiento altamente manipulable -sobre todo en periodos previos a elecciones-, conviene definir principios objetivos que conformen el pacto: estilo de vida; interacción individuo, medio ambiente y agente de enfermedad; equilibrio entre necesidad, demanda y servicios, y la evidencia de que no existe sistema perfecto.

El primer criterio para el Pacto de Estado por la Sanidad es que el principal determinante de la salud en los países desarrollados es el estilo de vida, que para Dever aporta el 43 por ciento y consume el 1,5 por ciento del gasto sanitario, dedicado a lograr hábitos saludables: antitabaco, adecuada alimentación, antiviolencia, uso correcto del sistema sanitario, etcétera. Otro es el sistema sanitario, que es el más importante por el gasto -90 por ciento, de lo que el 64 por ciento se destina a hospitales-, pero el menor por su aportación a la salud colectiva, que en los países desarrollados apenas llega al 11 por ciento. Los otros dos son la herencia biológica, que aporta un 27 por ciento y consume el 6,9 por ciento, y el medio ambiente, que aportando el 19 por ciento gasta el 1,6 por ciento restante. Se deduce que lo fundamental es la educación sanitaria impartida en el hogar, en la escuela y en la sociedad, recordando que la palabra convence pero el ejemplo arrastra, adagio importante para sanitarios y líderes sociales.

El segundo es que la enfermedad resulta de la interacción individuo, medio ambiente y agente de enfermedad, ya sea físico, químico o biológico. Las acciones, ordenadamente, serán: promoción de la salud, prevención de la enfermedad y evitar sus secuelas, actuando sobre el individuo, el medio ambiente y los agentes de enfermedad, desarrollando armónicamente la medicina preventiva, la laboral y la asistencial, así como la docencia y la investigación, que contribuyen directamente a la calidad y al progreso.

El tercer criterio es que deben equilibrarse necesidad, demanda y servicio sanitarios, que el mercado regula por medio del precio, pues el médico compra -decide qué debe comprarse- y el enfermo consume y paga. En los servicios públicos sanitarios, el médico compra, el enfermo consume y un tercero - el contribuyente- paga, y la gestión se basa fundamentalmente en la ética del médico, que se ha demostrado repetidamente que es virtud insuficiente para la eficiente gestión sanitaria.

Ética política
Tampoco la ética de los partidos políticos sustituye a la buena planificación y gestión sanitarias, ya que en la relación entre necesidad, demanda y servicios sanitarios se producen siete situaciones en las que en seis de ellas Gobierno y oposición opinan de forma diferente. La primera es aquella en que necesidad (n), demanda (d) y servicio (s) coinciden y consecuentemente hay acuerdo. Pero puede ocurrir que exista n y d pero no s, en cuyo caso el Gobierno asegurará que hay exceso de demanda, y la oposición que falta servicio. Para defender sus posiciones pondrán como ejemplo el país que les convenga, pues siempre hay un más y un menos. Puede que exista d sin n ni s, en cuyo caso no habrá gasto, pero sí descontento social, que la oposición posiblemente fomentará. Quizás haya d y s sin n, por ejemplo, en las urgencias de los hospitales. Y otra posibilidad es que existiendo s no haya ni n ni d, lo que ocurría hace unos años con Obstetricia y Pediatría en España -antes de la masiva inmigración-. La sexta posibilidad es que coincidan n y s pero no d, que ocurre en el caso tan simple, útil y barato como tomar periódicamente la tensión arterial que tantos accidentes cerebrovasculares evitaría. La última posibilidad es que existiendo n y d no se disponga de s. La conclusión de este tercer principio es que se necesitan equipos de planificación y gestión sanitarias solventes.

Grupos condicionantes
El cuarto criterio es la evidencia de que no existe en el mundo un sistema sanitario perfecto (se han identificado 57), ya que no concretan objetivamente en números la necesidad, eficacia, eficiencia, equidad y calidad, que oriente para conciliar en su justa medida los intereses de los cuatro grupos que le condicionan. Estos grupos son: 1) Los ciudadanos, contribuyentes y votantes, potencialmente enfermos, que se comportan como pacientes -recurren a la caridad-, usuarios -asegurados públicos- o clientes -eligen médico y hospital-. Todos ellos desean tener confianza en el sistema, no esperar cuando necesitan usarlo, ser informados cuando son asistidos y no arruinarse cuando lo utilizan.

2) Los suministradores de salud, fundamentalmente médicos y enfermeros, que exigen reconocimiento y participación. También se incluyen en este grupo las casas comerciales, las cuales desean ganar dinero.

3) Los gestores y ejecutivos, que intentan obtener la máxima utilización y rendimiento de los medios disponibles, incluido el de personal.

4) Los propietarios, que en el caso de los servicios públicos son políticos y aspiran a la permanente paz sociolaboral de las instituciones, y los privados -cuyos propietarios son accionistas- desean obtener rentabilidad a sus inversiones.

Estas legítimas aspiraciones de los cuatro grupos serán más fáciles de conciliar si la necesidad, eficacia, eficiencia, equidad y calidad exigibles al sistema sanitario se expresan con números, para conocer objetivamente si faltan medios o rendimiento -necesidad-, si la capacidad del sistema se utiliza correctamente - eficacia y efectividad-, si lo que se hace es a precio adecuado -eficiencia-, si los medios se emplean justamente -equidad- y si se hace con la calidad adecuada, que requiere conocimientos, capacidad y motivación.

Fórmulas matemáticas
Para calcular cada una de las características descritas existen fórmulas matemáticas sencillas que todo gestor sanitario conoce, y también los estudiantes y profesionales del Clínico de Barcelona, pues en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, adscrita a él, existe desde hace muchos años en la licenciatura una asignatura troncal, en 5º año, que es la de Planificación y Gestión sanitarias, que se complementa con el Máster de Gestión Hospitalaria y de Servicios Sanitarios, que realizamos ininterrumpidamente desde 1988.

Lo han cursado muchos de sus profesionales, lo que ha propiciado una amplia, responsable y eficiente participación en la gestión del centro, iniciada ya en 1972. Ellos saben que en la frecuentación hospitalaria intervienen trece factores y en la estancia media veintitrés y los gestionan, porque saben que influyen en la necesidad, la eficacia, la eficiencia, la equidad y la calidad del hospital, así como que existen gastos fijos y variables que condicionan la productividad, la eficiencia y la equidad. Saben que en la calidad también interviene la percepción del enfermo y que el personal es lo más valioso de la institución, por lo que su capacitación y motivación son esenciales y la investigación contribuye a ello.

En consecuencia, la planificación del sistema sanitario, que es una cuestión muy técnica, debe ser obligatoria, objetiva y previa a la gestión. Ésta trata de conseguir los objetivos traducidos a metas -número, fecha y persona responsable- previamente planificados. La participación de los profesionales sanitarios en la gestión satisface el reconocimiento, y obviamente la participación que desean y que es fundamental para el buen desarrollo del sistema sanitario.

Mientras los resultados, en cantidad, calidad y precio, se hagan públicos, con amplia difusión, es poco relevante que el gerente o director general, buen profesional de la gestión, sea o no del partido que gobierna. Incluso el valor añadido, que en general es la diferencia entre al precio de venta y el coste de las materias primas y que se emplea para retribuir al trabajo (salarios), al capital (intereses), a los accionistas (beneficios) y al Estado (impuestos) resulta difícilmente identificable en los servicios públicos sanitarios. Algo más en los seguros privados que la consejera Marina Geli denomina, con acierto, copagos voluntarios.

La Federación Nacional de Clínicas Privadas se integra en la patronal europea


La asamblea general de la Unión Europea de Hospitales Privados (UEHP) se ha celebrado este viernes en el Hotel Wellington de Madrid. Según ha explicado el doctor Fernando Mesa del Castillo, presidente de la Federación Nacional de Clínicas Privadas (FNCP), la reunión ha supuesto “un éxito”. “Nos hemos integrado como miembros de pleno derecho en la UEHP”. Esta entidad ya fue miembro de la institución internacional “hace muchos años y luego se abandonó. Ahora hemos conseguido que se celebre la asamblea aquí. Aunque se han tratado aspectos muy técnicos e internos, para nosotros supone el debut en la asociación”.

Entre otros temas, se han tratado cuestiones relativas a calidad y acreditación en Europa en función de los países, con la intención de unificar un único criterio. También se han sentado las bases para la preparación del próximo congreso europeo de hospitalización privada que se celebrará a finales de mayo en París. Coincidiendo con este evento, se celebrará la próxima asamblea de la UEHP.

Como recuerda el doctor Mesa, esta asociación europea tiene un gran recorrido, con 3.500 afiliados en toda Europa. “Se dedica fundamentalmente a la difusión de la medicina privada, a la libre elección de hospitales por parte de todos los europeos y a los criterios solidarios en la atención. Nosotros queremos empezar a integrarnos en este sistema y tener una voz en Bruselas porque somos un país importante en la Unión Europea: tenemos una parcela grande de hospitalización privada y queremos poder decidir en lo que podamos, opinar y participar en la toma de decisiones”, ha señalado.

Sector en crecimiento
La FNCP cuenta en la actualidad con 200 miembros, representando el 30 por ciento de la actividad global sin contar los hospitales públicos con gestión privada. Como ha recordado, “el sector de la Medicina y la atención privada es un sector importante, que sigue creciendo y que debe tener resonancia”. El crecimiento estimado, pese a la crisis, es lento pero sostenido, de alrededor de un ocho por ciento anual. “Somos de los pocos sectores que ha creado empleo en 2009, más de 50.000 empleos el año pasado y estamos preparando un informe de este crecimiento que presentaremos en mayo o en junio”, ha recordado.

“Además de este tipo de actividades, hacemos aquellas típicas de este tipo de patronal: convenios a nivel nacional, hablamos con las distintas administraciones y tratamos de unificar y coordinar la actividad con las comunidades autónomas para que los temas de interés sean encauzados”, ha añadido el doctor Mesa.


Via: elmedicointeractivo.com

El cénit del petróleo y del Sistema de Salud


El denominado “peak oil” o “cenit del petróleo” no se refiere al agotamiento del petróleo sino a ese punto de inflexión cuando ya no pueda seguir aumentándose la extracción del mismo y al efecto que tal circunstancia tendrá sobre nuestro actual modo de vida, incluyendo todas las áreas, entre ellas –por supuesto- la atención sanitaria.

El cenit del petróleo y del Sistema de Salud


Tras muchos años trabajando en el campo de la salud, me he vuelto muy consciente de una cosa: Muy pocos sectores tienen un impacto mayor en la calidad de la vida humana que la atención médica – pocos sectores, por lo tanto tienen una responsabilidad mayor a la sostenibilidad que la atención médica.

Así que, ¿hay algo ahí fuera que podría representar una amenaza a los asombrosos progresos realizados en este campo tan importante? Más concretamente, ¿qué amenaza representa la inminente crisis energética mundial, también conocida como el peak oil (cenit del petróleo) para la salud y la medicina moderna?

El peak oil no se refiere al agotamiento del petróleo -seguramente el mundo nunca experimentará el agotamiento total del petróleo-. Peak oil se refiere al punto máximo de producción (extracción) mundial de petróleo y al impacto devastador que tendrá sobre la economía y nuestros sistemas de alimentación y transporte cuando la producción comience a disminuir y la demanda mundial de petróleo exceda a la oferta. Habiendo extraído ya la mayor parte del petróleo fácil del suelo, el restante requerirá más inversión energética, acelerando aún más el declive de producción. En 1956, el geólogo Marion King Hubbert predijo con exactitud que la producción doméstica de petróleo de los EE.UU. llegaría a su cenit en el año 1970. También indicó que la producción mundial alcanzaría su nivel máximo poco después del año 2000. Cálculos ajustados indica el cenit entre 2006 y 2010. Hay, incluso, muchos expertos que creen que el cenit se produjo en julio de 2008, coincidiendo con la subida de precios a 147 dólares el barril y una fuerte caída de la economía mundial.

En otros artículos anteriores, así como en mi blog, Visiones de Otro Tiempo (http://visionesdeotrotiempo.wordpress.com), he puesto de relieve la importancia de evaluar el peak oil como un potencial escenario de Gestión de Riesgos. Si poco se ha hecho en términos de evaluar el riesgo de peak oil en los negocios y en la industria, es irónico (e increíble) pensar que se ha hecho menos aún en el área de la salud. Es como escuchar un preocupante sonido de crepitaciones durante un largo período de tiempo, sin examinar los pulmones para evaluar si realmente podría existir algún problema grave. La industria farmacéutica, los Sistemas Nacionales de Salud de todo el mundo y otros stakeholders del sector de la salud han hecho muy poco hasta ahora para explorar el peak oil y evaluar sus posibles repercusiones.

Al igual que otras industrias, el sector de la salud y la medicina moderna es completamente dependiente de la disponibilidad creciente de petróleo barato. Como queda de manifiesto en las investigaciones del Dr. Dan Bednarz, “son necesarios los derivados petroquímicos para la fabricación de analgésicos, antihistamínicos, antibióticos, antibacterianos, supositorios, jarabes para la tos, lubricantes, cremas, pomadas, ungüentos y muchos geles. Los plásticos elaborados con petróleo se utilizan en las válvulas sintéticas del corazón y un gran número de otros implantes y prótesis, así como en muchos equipos médicos. Los petroquímicos son utilizados en los tintes y placas para la radiología, tubos intravenosos, jeringas, y las máscaras de oxígeno.

Los edificios diseñados para el cuidado del paciente, así como las instalaciones usadas para la investigación médica, funcionan con electricidad y calefacción procedente de combustibles fósiles (con raras excepciones).

Las ambulancias y los vuelos de helicóptero (de emergencia y rescate) dependen del petróleo, al igual que el personal médico que viaja hacia y desde los lugares de trabajo. Suministros y equipos médicos se envían desde el extranjero en barcos y aviones impulsados por combustibles de petróleo”.

La lista de los productos, servicios y procedimientos que demuestren la dependencia del sector de la salud en los combustibles fósiles es interminable. Existe un consenso creciente de que la actual crisis financiera mundial es más el resultado del peak oil que de la actividad de Wall Street. Por lo tanto, hay otras consecuencias en la salud que trae consigo esta crisis, con su declive económico y desempleo masivo correspondiente – por no hablar de las repercusiones en la salud de otros potenciales acontecimientos resultantes de peak oil, como son los disturbios sociales o la agitación geopolítica (ya que la probabilidad de guerras por los recursos, como la que ya se libra en Irak, aumentarán de manera considerable).

Entonces, ¿qué se puede hacer? En primer lugar, los líderes de los diferentes segmentos del sector tienen que informarse –de forma inmediata– sobre el tema de peak oil. A continuación, deberían llevar a cabo una evaluación de peak oil para identificar los potenciales riesgos para todo el sector de la salud, desde la administración institucional sanitaria hasta la industria farmacéutica. Este análisis debería incluir una revisión exhaustiva que mida la capacidad de resistencia del sector a la disminución de la oferta y a los aumentos de precios similares o mayores que los observados en julio de 2008. Todo el sector y sus stakeholders deberían hacer una introspección sincera sobre los niveles sostenibles de atención sanitaria que se puede esperar en un mundo post-peak oil. También se deben llevar a cabo evaluaciones comparativas para identificar las experiencias anteriores en todo el mundo, que puedan arrojar luz sobre cómo enfrentarse a los desafíos potenciales presentados por el peak oil. Y a este punto, el aprendizaje puede venir de lugares sorprendentes – Cuba, por ejemplo.

En su artículo para la revista International Journal of Cuban Studies, Stuart Jeffery señaló: “Cuba es un país que ha gestionado con éxito un descenso de energía similar al nivel de disminución que será exigida por el peak oil. Durante el Período Especial en Cuba en la década de 1990, las importaciones de petróleo cayeron en casi un 50%. Sin embargo, el sistema de salud y los niveles de atención sanitaria pública se mantuvieron a niveles del “primer mundo”. Su tasa de mortalidad infantil es comparable con la del Reino Unido y mejor que la de los EE.UU. Con la esperanza de vida al nacer alrededor de 75 años para los hombres y 79 para las mujeres (World Health Organization, 2007), Cuba ha logrado mantener en pie un servicio de salud que podría haber sido tumbado por la escasez de petróleo”.

Pero, proponer el sistema Cubano de salud no es el objetivo de este artículo; más bien es un llamamiento a la acción. Sin una evaluación adecuada del peak oil y la elaboración correspondiente de planes de contingencia, nos dejamos innecesariamente expuestos a un pronóstico crudo para el futuro desarrollo del sector de la salud y el sistema sanitario: Llegar al cenit de la producción de petróleo significa también llegar al cenit de la calidad de la salud y la medicina moderna… y a partir de ahí, ¿línea plana?

Joseph Sullivan
Chief strategist de Sullivan Advisory

Via: medicosypacientes.com

La alternativa de la nueva gestión pública y el buen gobierno

Luis Angel Oteo y José Ramón Repullo, de la Escuela Nacional de Sanidad, del Instituto de Salud Carlos III, han elaborado esta tribuna para “Médicos y Pacientes” en la que señalan que es necesario avanzar hacia diseños organizativos donde prime una cultura de confianza que haga posible la transferencia de derechos de decisión a los microsistemas y la participación y el desarrollo de herramientas evaluativas de procesos y resultados, implicando en la misma como agentes clave a los propios usuarios que asumirían un rol subsidiario de naturaleza social y de ciudadanía.

Introducción: ¿cómo gestionar las organizaciones complejas basadas en el conocimiento?

Los sistemas y servicios sanitarios como organizaciones basadas en el conocimiento precisan de una gestión eficiente con visión global, ya que el conocimiento es el principal factor de globalización, para así mejorar la integración de los ciclos de innovación tecnológica, la capacidad de aprendizaje y la creación de valor social.


Las ciencias de la empresa se han configurado en el crisol de la industria, y esto ha llevado a que muchos conceptos y métodos tengan cierto sesgo mecanicista. La complejidad no es antónimo de sencillez; un proceso industrial puede tener millones de operaciones; pero si cada operación es concreta y bien definida, y las interacciones entre todas las operaciones y elementos son deterministas y predecibles, entonces el proceso no será complejo, y la organización industrial podrá modelizarlo apropiadamente en una cadena de producción. La ventaja es que a través de la industrialización somos capaces de producir millones de bienes de naturaleza homogénea (altamente estandarizados) a un precio muy económico.

El problema de la complejidad deviene tanto de la inestabilidad y variabilidad de los componentes esenciales del proceso, como de bucles de interacción de tipo no lineal (caótico) que hacen muy difícil modelizarlo, y predecir los resultados . La mayor parte de las empresas de servicio son de este tipo: la interacción entre empleado y cliente tiene un fuerte componente inter-personal, y la interacción de personas que cooperan en la producción puede derivar en bucles de entropía que afectan enormemente la calidad e incluso la naturaleza del producto.

Así, una hamburguesa de una cadena multinacional sería un buen ejemplo de producto/resultado de un proceso mecanicista de corte industrial; de hecho, la medición de la calidad en este tipo de empresas tiene más que ver con la estabilidad del producto (que en todos los sitios la hamburguesa sepa igual a lo previsto, ni peor, ni mejor), que con las mejoras puntuales que pudieran realizarse en un lugar. Por el contrario, lo que busca un chef de alto nivel es que la experiencia de sus comensales sea irrepetible, y que en ningún otro lugar puedan deleitarse tanto con los platos y sabores que se ofrecen.

La medicina sigue más el paradigma del chef que el de la hamburguesería, por más que racionalmente busquemos protocolos y guías que nos hagan industrialmente consistentes; de hecho en el alma de la “medicina basada en la evidencia” está una cierta fobia a la variabilidad, y la búsqueda de homogeneidad y estabilidad (misma talla o como mucho prêt a porter); en otras palabras, la fantasía de estandarización industrial: misma enfermedad, mismos procesos, mismos resultados (los esperados). Nos movemos en una dolorosa ambivalencia: ¿enfermedades o enfermos?; ¿ciencia o arte?; ¿high tech (alta tecnología) o high touch (alto contacto)? Estas paradojas abundan precisamente en el concepto de complejidad.

Pero no hay nada peor que concebir el mundo de una forma y actuar de otra; si la medicina moderna es compleja, y además endiabladamente cara, habrá que buscar fórmulas organizativas que permitan un mejor acomodo a esta realidad. De esto va en buena medida el debate organizativo de fondo que recorre la sanidad. Para ello, debemos aprender a domesticar la hiper-especialización, romper las ataduras burocráticas, evitar caer en el abismo del mercado, y buscar una vía virtuosa pero inaprensible del buen gobierno, las redes y el profesionalismo. De esto van los siguientes puntos.

1- Paradojas de cómo integrar la hiper-especialización

Conceptualmente la economía organizacional define el sistema productivo como el conjunto de actividades y tareas secuencialmente integradas –procesos- que integra recursos, capacidades y conocimientos en las unidades asociadas y en el trabajo colectivo. No olvidemos que es precisamente a través de este trabajo colaborativo de los procesos, donde las personas pueden aprender, promocionarse, compartir experiencias en iniciativas emprendedoras y “humanizar” las transacciones y desarrollos fundamentales.

Por consiguiente, debemos preguntarnos: ¿cómo agrupamos personas, procesos, tecnologías y unidades operativas en entornos descentralizados, al tiempo que se mantiene la cohesión y coherencia interna en los subsistemas?. Esta formulación interrogante representa uno de los dilemas a gestionar en las organizaciones complejas.

En otros términos; si la expansión del saber lleva a aumentar la especialización de unidades y personas, también esto aumenta la inter-dependencia, y expande geométricamente las dificultades de coordinar elementos que participan en el proceso. Especialización e integración están en tensión; y esta tensión es mucho mayor cuando los protagonistas no son conscientes del antagonismo: así, ante la constatación de problemas de coordinación entre servicios para tratar con ancianos frágiles, antes aparece la demanda de una nueva especialidad (comorbidólogo) que un cuestionamiento del modo de hacer fragmentario y atolondrado.

Este antagonismo también se vuelca en otros dilemas; si alimentamos la cohesión por servicios de especialidad (núcleo duro del hospital) aumentamos la pertenencia y confort de los especialistas, pero hacemos más difícil que el proceso (siempre inter-servicios y multi profesional) pueda ser la guía de coordinación de la aportación colectiva a la organización.

En términos más generales: por una parte hemos de custodiar y desarrollar el conocimiento funcional y especialista, propio de la arquitectura vertical de la organización sanitaria; pero por otra, hay que simultanearlo con el gobierno de los procesos horizontales que se basan y requieren cooperación. En este dilema se juega la gestión de las organizaciones asistenciales complejas, y su mala resolución está en la base de la crisis de la medicina y la organización sanitaria, así como su corolario de insatisfacción de la práctica médica.

2- La burocracia no es la respuesta

El desarrollo de la especialización funcional en las unidades y servicios verticalmente integrados, que caracteriza a las tecnoestructuras burocráticas, autolimita el trabajo multidisciplinario, transversal e interdependiente que es la cuna de la innovación.

En las burocracias industriales (Taylorianas) o administrativas (Weberianas) el factor de coordinación esencial es la jerarquía. El vértice jerárquico de la alta dirección, auxiliado por los ingenieros de la tecnoestructura que le diseñan los procesos, gobierna toda la cadena de producción a través de los mandos intermedios configurando una pirámide más o menos picuda. Pero en las organizaciones profesionales los ingenieros médicos están en la propia cadena, y manufacturan un producto diferente con cada paciente.

Lamentablemente, la versión de mecanicista y determinista del quehacer médico avanza cada día más, y potencialmente podría desembocar en el ocaso del médico como profesional y en el auge de un nuevo perfil (¿“medicalista?”) que encontraría una identidad más confortable como tecnólogo del conocimiento. Pero la realidad es testaruda: el que clasifiquemos dos hernias discales con el mismo código estadístico, no significa que sean el mismo proceso; y su intervención no será igual por más que tenga el mismo código de procedimiento y se realice sobre el mismo disco inter-vertebral.

El sistema organizativo tradicional del sector sanitario público dificulta las iniciativas emprendedoras basadas en el principio de responsabilidad y autonomía profesional y tampoco facilita el alineamiento de los incentivos vinculados a dimensiones de calidad, coste y capacidad de respuesta. Por ello, estos modelos burocráticos no sólo no garantizan la eficiencia económica y social en su cadena de valor asistencial, sino que además limitan la incorporación de nuevas corrientes culturales y tecnológicas necesarias para dar respuesta a la complejidad e interdependencia en la gestión de los servicios sanitarios.

Las tecnoestructuras clásicas se perpetúan en su propia lógica de uniformidad y de normas administrativas estancas, imposibilitando la integración de procesos y toda forma de organización creativa orientada a la diferenciación y competencia; como resultante, se generan desequilibrios poco virtuosos para el funcionamiento del conjunto del sistema.

Si ha tenido cierto éxito adaptativo el modelo burocrático en la sanidad, es porque durante muchas décadas no se ha aplicado realmente en la micro-gestión; sólo en apariencia era jerárquica la organización, pero al profundizar en las bases de poder, nos encontrábamos claramente un tipo de estructura profesional basada en los médicos, cuyos estilos individualistas de práctica asistencial ante el enfermo, parecían camuflados en organizaciones pseudo-jerarquizadas. Pero esta jerarquía clínica (jefes de servicio o directores médicos) lo que esencialmente regulaba eran las propias interacciones profesionales (arbitraje y coordinación), pero apenas se adentraba en la organización de la producción de servicios (autonomía clínica individual). Y en el vértice de la organización hospitalaria (y sanitaria) se aceptaba que figurara un responsable político o gerencial que representara al financiador, y que tenía la importante función de ocupar el espacio jerárquico formal, y de paso, arbitrar y mediar en los litigios de las unidades asistenciales y en los procesos asignativos.

Según avanzan los años 80, los problemas económicos del sector, el encarecimiento de la tecnología y la tendencia a la super-especialización, dejan fuera de juego el modelo pseudo-jerárquico de las burocracias administrativas. El gerencialismo no es más que un intento de pedalear más fuerte en la bicicleta de la gestión industrial (de Weber a Taylor). Pero según avanzan los años 90, se ve que la organización jerárquica ha agotado sus posibilidades por falta de control de la producción, debido a la propia configuración compleja y profesional de la organización sanitaria moderna. Curiosamente el hospital pasa progresivamente a ser el paradigma de complejidad para los propios teóricos de las ciencias de la empresa.

Algunos se plantean que dada la dificultad para organizar algo tan complejo como la sanidad dentro del sector público, quizás fuera mejor contratárselo al sector privado (la provisión); aparece una nueva pulsión de externalización y privatización que comentaremos a continuación.

3- Los mercados no son tampoco la respuesta

La alternativa opuesta a la jerarquía son los mercados. En esencia se trataría de que fueran los consumidores o clientes los que a través de su interacción con los proveedores, modularan su comportamiento y favorecieran la calidad de los productos, definidos desde la perspectiva de la satisfacción de demandas y preferencias del usuario.

En los sistemas de financiación pública, esto se concreta con la idea de que “el dinero siga a los pacientes”; es decir: que los proveedores (públicos o privados) que mejor respondan a demandas y preferencias de los pacientes, podrán crecer, extender sus servicios, y recompensar a los médicos con mejoras retributivas; pero también significa lo contrario para los menos elegidos. Este fue el desiderátum de la reforma británica de los años 90, hasta el reconocimiento de su fracaso en 1997 : entre otras razones, la propia complejidad, vivida como asimetría de información entre médicos y pacientes, no permitía concebir la decisión del paciente (basada en señales imperfectas de calidad) como inductor de mejoras asistenciales; los criterios de necesidad y equidad quedaban desatendidos, y finalmente, como la competición era entre proveedores públicos, los perdedores (menos elegidos) no podían cerrar ni disminuir por presión política de la propia población de referencia, por lo que el modelo se hacía inflacionario e insostenible (los que ganaban podían aumentar, los que perdían no podían disminuir).

Parece que la asistencia sanitaria es un paradigma de complejidad, que se aviene mal al control de arriba abajo (jerarquía), y también de abajo a arriba (mercado y consumerismo). Sin embargo, el ethos liberal persevera en la idea de buscar en la provisión privada una alternativa de mejora; algunos políticos como Tony Blair sorprendieron por su nueva fe en la elección y la competición pública; en España, los gobiernos Valenciano y de Madrid son los adalides de esta nueva liturgia no teológica que predica la salvación a través de la externalización de centros y servicios al sector privado.

Si bien consideramos que determinadas actividades de los servicios sanitarios públicos deben flexibilizarse para mejorar su eficiencia técnica y social, ello no implica que determinados conocimientos y capacidades estratégicas que están integradas en los procesos centrales deban externalizarse de las unidades funcionales verticalmente integradas que custodian el talento idiosincrático de la organización, menos aún sin evaluar técnicamente sus efectos en términos de calidad y costes.

Este tipo de tendencias hacia la desintegración organizativa y funcional no se aplica en ninguna gran corporación o compañía del sector privado, al menos entre las grandes firmas contempladas en el scoreboard que publica el Financial Times (2008), (3) porque no existe ninguna estrategia empresarial moderna que avale modalidades de adelgazamiento de las propias competencias esenciales.

Además, la visión integradora de los cuidados de salud está directamente relacionada con la naturaleza de los conocimientos, el liderazgo y los valores profesionales pre-existentes en la organización. Se ha demostrado que la cultura organizacional emprendedora es tan importante como la propia fortaleza de las competencias profesionales para hacer posible la coordinación de niveles, funciones y procesos.

El modelo más radical de externalización-privatización de un centro sanitario bajo financiación pública es el “concierto substitutorio”: el financiador-asegurador público contrata a un proveedor externo (privado), y le trasfiere la responsabilidad asistencial para una población y un elenco amplio de servicios (hospital general). La pregunta clave es si al hacerlo puede librarse el Estado de sus fallos sin incurrir en mayores problemas. Esto dependerá de si el contrato puede realmente transferir la responsabilidad y el riesgo al proveedor privado; la experiencia de conciertos substitutorios (como los de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid) nos muestra cómo la erosión de competencias estratégicas del comprador y los riesgos estructurales lleva a que el sector público acabe recibiendo el impacto de los problemas financieros del proveedor: en definitiva, la imperfección contractual hace que la posibilidad del oportunismo ex–post consolide una alianza entre proveedor privado, profesionales y opinión pública que impida una apropiada “rendición de cuentas” y trasferencia de riesgos.

Si bien puede aceptarse que un centro privado, a través de su mayor capacidad de incentivación a sus profesionales y empleados, pueda conseguir ganancias adicionales de agilidad y efectividad en la función gestora (general y clínica), y mejoras en la obtención de economías de inputs y procesos, no queda claro si dichas ganancias logran compensar los mayores costes de transacción, los beneficios empresariales y los costes sobrevenidos por la pérdida de control estratégico que soportará el asegurador.

3- Buen Gobierno, nueva gestión pública y profesionalismo

Las instituciones sanitarias, bajo estrategias institucionales de buen gobierno, deben evolucionar inexorablemente desde esquemas tecnocráticos funcionales hacia modelos organizativos más autónomos, cohesionados, interactivos y comprometidos con una mejora continua, acomodándose a las nuevas realidades sociales, expectativas y necesidades de los usuarios. Es preciso considerar que la implantación de estrategias que mejoren la eficiencia y efectividad en los servicios sanitarios públicos requiere definir claramente una visión global de diferenciación competente en el desarrollo del conocimiento y en el gobierno de las personas. Estos son los potenciales generadores de ideas creativas y nuevas capacidades.

Las organizaciones sanitarias no son organigramas (en el organigrama no cabe la imaginación ni la creatividad), ni cadenas de valor lineales, sino “mundos complejos” de difícil comprensión y asimilación. Por su naturaleza social, las competencias esenciales (profesionales, tecnológicas y organizativas) junto a las competencias intratégicas (intrapersonales y sociales) constituyen la arquitectura estratégica y la base de sustentación de la cartera de procesos y servicios. Estas competencias forman parte de un sistema y son el resultado de experiencias secuenciales agregadas de los equipos multidisciplinares, cuya inserción profunda en la organización, hace muy difícil su desintegración o fragmentación. Es a partir de este sustrato inteligente, como la gestión de los procesos asistenciales -que transportan y custodian el conocimiento operacional-, crean y distribuyen (proveen) simultáneamente los productos y servicios.

Por estas razones, la gestión de la innovación lleva consigo la necesidad de custodiar los conocimientos esenciales generados en su ciclo de vida completo, ya que este activo fijo tiene implicaciones estratégicas de primer orden para sostener las competencias y la eficiencia de los procesos en la cadena de valor asistencial. Esta dinámica virtuosa en el modelo de trabajo de los centros sanitarios especializados es vulnerable a dinámicas organizativas rupturistas que puedan afectar a las bases de conocimiento y de competencia en las cuales se sustenta la calidad de la asistencia y de los cuidados de salud.

Cuanto más específico sea el conocimiento insertado en las actividades y servicios de los profesionales para atender las necesidades de los usuarios y gestionar la tecnología, más eficiente y competitiva será la organización, siempre que el proceso se desarrolle bajo modelos integrados y cultura cooperativa. La política de estabilidad y seguridad laboral –calidad de empleabilidad- puede motivar a integrarse en comunidades de prácticas y participar activamente en dinámicas innovadoras que hagan posible la gestión del conocimiento, el desarrollo educativo y el progreso profesional.

Son las organizaciones menos jerarquizadas y horizontales las que facilitan con mayor eficiencia la transferencia de activos de conocimiento y promueven la delegación, participación y compromiso con la excelencia profesional. La concurrencia de los profesionales sanitarios en la estrategia de renovación y mejora de los servicios sanitarios debe reforzarse a partir de relaciones internas basadas en la confianza, seguridad, adherencia y lealtad organizativa.

El trabajo autónomo e interconectado y la actitud para desarrollarlo en comunidades de aprendizaje constituyen la base de cualquier organización distintiva. La diversificación de las competencias, la capacitación técnica y la adquisición de nuevos conocimientos, deberán alinearse con una política de incentivos que promueva un comportamiento de pertenencia y un desarrollo profesional como signo identitario de una cultura renovada del profesionalismo sanitario.

Por lo tanto, entre la jerarquía y el mercado, parece haber un territorio intermedio; no un híbrido, sino un modelo en red, en buena medida alternativo a ambos. Su configuración y equilibrio es muy precario, porque los enlaces que lo cimentan son en buena medida intangibles: profesionalismo, valores, reciprocidad, humanismo, curiosidad científica, simpatía y empatía, motivación intrínseca y motivación trascendente. Pero sólo estas armas intangibles son capaces de sustentar modelos innovadores para la gestión excelente de la complejidad.

Hablaríamos en esencia de organizaciones profesionales socialmente responsables, que son aquellas en donde sus miembros:

1. Están integrados en un dinamismo continuado de progreso en el saber, dialogando, cooperando, descubriendo, resolviendo con eficacia y calidad los problemas, es decir, trabajando en equipo como una condición indispensable para el crecimiento y sostenibilidad de una comunidad profesional que precisa innovar continuamente en conocimiento.

2. Materializan sus ideas, hacen operativos sus proyectos, generan un proceso de empatía con la realidad sanitaria y distinguen lo esencial “el quid de la cuestión” de lo superfluo o accidental.

3. Entienden la ética como el fundamento de toda sabiduría práctica.

4. Confían mutuamente en sus actuaciones desde la veracidad y la transparencia -buen gobierno-.

5. Desvinculan de su responsabilidad cualquier elemento deletéreo como el engaño, la opacidad o la insolidaridad.

Desde la función directiva de los servicios sanitarios se debe otorgar mayor prioridad a determinadas iniciativas que impulsen el rediseño organizativo y las pautas de gobierno clínico para gestionar la información de los pacientes mediante la historia médica completa y un claro liderazgo profesional para coordinar los procesos longitudinales y las prácticas centradas en los resultados de salud.

Por ello, custodiar el capital intelectual y social en relación a su influjo en los meso y microsistemas debe ser una preferencia estratégica en la gestión pública para evitar efectos indeseables, como por ejemplo:

1. Discontinuidad en las relaciones e interacciones organizativas.

2. Cambios en el rendimiento de las actividades productivas.

3. Fragmentación de competencias profesionales y tecnológicas.

4. Ruptura de los modelos cooperativos basados en el trabajo de equipos multidisciplinares.

5. Alteración de los mecanismos de confiabilidad interprofesional necesarios para llevar a cabo iniciativas sociales emprendedoras.

6. Disminución de la productividad de los trabajadores del conocimiento.

4- Reflexiones finales

Es necesario avanzar hacia diseños organizativos donde prime una cultura de confianza que haga posible la transferencia de derechos de decisión a los microsistemas, la participación y el desarrollo de herramientas evaluativas de procesos y resultados, implicando en la misma como agentes clave a los propios usuarios que asumirían un rol subsidiario de naturaleza social y de ciudadanía.

Para conseguir esta trasferencia de modo responsable, debe haber un razonable alineamiento de visiones e incentivos entre el sistema y sus profesionales; a estos efectos, es esencial que la gestión macro y meso se centre en resolver los principales conflictos de interés existentes, removiendo los obstáculos que existen hoy para ganar la confianza y la fidelidad de los médicos al ejercicio público de su arte y su ciencia. En nuestras organizaciones sanitarias las conductas virtuosas de los profesionales son cuasi heroicas, teniendo en cuenta la debilidad de las recompensas en escenarios administrativos, y, sobre todo, considerando los poderosos incentivos ambientales o extramurales existentes (amistades peligrosas de mañana y de tarde). Como botón de muestra podríamos dirigir nuestra mirada a la promoción de medicamentos…

Por eso, la nueva gestión pública implica una práctica inteligente que permita ir cambiando progresivamente los determinantes organizativos del comportamiento de los profesionales, para facilitar que la visión de servicio público prevalezca, y que la eficiencia social y la sostenibilidad de los sistemas públicos de salud asuman un papel importante en el ideario colectivo de nuestros médicos, junto con los modelos hipocráticos que en el pasado consolidaron la primera identidad ética de la profesión.

Luis Ángel Oteo Ochoa
Departamento de Desarrollo Directivo y Gestión de Servicios Sanitarios.
Escuela Nacional de Sanidad. Instituto de Salud Carlos III.

José Ramón Repullo Labrador
Departamento de Planificación y Economía de la Salud
Escuela Nacional de Sanidad. Instituto de Salud Carlos III.


Treinta años rehabilitando al paciente cardiaco


Mejorar la calidad de vida del paciente que ha sufrido un episodio cardiaco y su capacidad física, evitar el deterioro psicológico, normalizar las relaciones socio-familiares y sexuales, aumentar la reincoporación laboral, facilitar el control de sus factores de riesgo y mejorar su pronóstico es la razón de ser de la Unidad de Rehabilitación Cardiaca del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, que lleva tres décadas prestando una asistencia multidisciplinar a los 320 pacientes que pasan anualmente por ella.

El perfil más frecuente de los pacientes de la unidad son los que han padecido patologías coronarias -infartos, angioplastias, operaciones, insuficiencia cardiaca...-, principal causa de muerte en España, pero también son remitidos a ella pacientes con cardiopatías congénitas intervenidas, con valvulopatías y ancianos intervenidos de degeneración aórtica.

"Cada vez vemos más pacientes con marcapasos y desfibriladores", ha explicado José María Maroto, coordinador de la unidad. El 30 por ciento de los pacientes presentan ansiedad y depresión tras el episodio. "Se creía que no tenían importancia, pero está demostrado que elevan la mortalidad".

Por eso, la intervención en la unidad no es meramente física, sino que tiene una importante parte psicológica. Los pacientes reciben sesiones de relajación y del manejo del estrés y se les aplican test para valorar la ansiedad y la depresión. Si se detectan puntuaciones altas el paciente recibe terapia individual y se vigila su evolución, a la vez que participa en la terapia grupal semanal con un psiquiatra.

"Algunos precisan continuar con el tratamiento al alta, por lo que aconsejamos a su médico de familia que les remita a salud mental. Difícilmente podemos seguirles de por vida. Somos muchos trabajando en la unidad, pero en dedicación exclusiva sólo están la enfermera y el fisioterapeuta. Los demás trabajamos en otros servicios. Lo fundamental es protocolizarlo".

La unidad cuenta con psiquiatras, psicólogos, cardiólogos, trabajadores sociales, rehabilitadores y fisioterapeutas que se encargan del tratamiento integral del paciente. Además, se contacta directamente con un especialista en andrología para algunos pacientes con disfunción eréctil que no pueden tomar los fármacos indicados.

Ejercicio físico

La intervención tiene una duración media de dos meses. Para comenzar el trabajo de ejercicio físico y mejorar la capacidad, lo primero que se realiza es una prueba de esfuerzo que determina el riesgo individual. Se pesa a los pacientes, se les hace una analítica, se controla su colesterol y se les informa de cómo debe ser una dieta cardiosaludable.

Tres días a la semana los pacientes acuden a las instalaciones para realizar estiramientos y ejercicios con pesos de 1 ó 2 kilogramos, y hacer ejercicio aeróbico en bicicleta o cinta durante unos 40 minutos. "Todos tienen especificada una frecuencia cardiaca en función de su prueba de esfuerzo. El entrenamiento se completa con un programa de marchas progresivas en su tiempo libre. Se explica la frecuencia de entrenamiento y se enseñamos a los pacientes a tomarse el pulso y a detectar si sufren arritmias.

Todas las semanas nos traen apuntados el tiempo que han caminado, si han estado a una frecuencia cardiaca estable...". Durante los ejercicios, se les monitoriza durante las dos primeras semanas. "Si hace falta se continúa durante más tiempo, como ocurre cuando llevan implantado un desfibrilador. A cualquier enfermo que explique que ha padecido un dolor en el pecho que sugiera un problema, se le realiza un electrocardiograma y se le monitoriza durante varios días".

Una vez finalizados los dos meses, se analizan las pruebas y se envía un informe al médico de familia en el que se especifica el estado del paciente y su capacidad para reincoporarse a la vida laboral. Posteriormente, los cardiólogos siguen manteniendo las revisiones. Además, los pacientes reciben información sobre su patología y consejo para abandonar el tabaco.

"El 40 por ciento de los que no lo habían dejado tras el episodio cardiaco, abandonan con esta intervención. Está claro que los pacientes mejoran físicamente, psicológicamente y en el control de los factores de riesgo. Se dice que al alta abandonan el ejercicio un porcentaje muy elevado. Yo en la consulta no soy consciente de eso; cada vez que vienen les preguntamos si caminan y cuánto. Creo que sigue entrenando el 90 por ciento de la gente, aunque haya rachas", por lo que se les sugieren alternativas para no dejar el entrenamiento, por ejemplo, durante las vacaciones o con la llegada del frío o el calor.

Estudios

Uno de los estudios de la unidad, publicado en Revista de Cardiología en 1996, consistió en un seguimiento de 180 enfermos durante más de 15 años para calcular los gastos directos e indirectos derivados de la enfermedad.

"Se dividió a los pacientes en dos grupos aleatorios y se analizaron los ingresos, si se indicaba un cateterismo o una intervención quirúrgica, las bajas laborales, y las incapacidades.El ahorro fue de 272.437 por paciente y año en los primeros doce meses. A los dos años sería de dos millones y medio de pesetas. Además, demostramos que la mortalidad es significativamente menor estadísticamente, y hay menos incidencia de cirugía y angina".

Otro trabajo publicado en la misma revista el año pasado, sobre más de 400 pacientes concluyó que el 51 por ciento padecía problemas de disfunción sexual.

Via: diariomedico.com

El día 17.07.2008 se publicó una noticia en la página web del COMIB (Colegio Oficial de Médicos de las Illes Balears). LA CONSELLERIA DE SALUT SE COMPROMETE CON ARCOR EN EL COMIB A TENER AL MENOS UN CENTRO PILOTO DE REHABILITACIÓN CARDÍACA EN UNOS MESES

Como se puede comprobar, las palabras se las lleva el viento y la promesa política no ha quedado más que en eso, en palabras. A fecha de hoy, 25 de enero de 2010, no existe en nuestra comunidad autónoma ninguna unidad de rehabilitación cardiaca.

El tratamiento de la patología cardiaca no es completo sin Rehabilitación Cardiaca

Las patologías del sistema cardiovascular son la principal causa de hospitalización en España. Sin embargo, el tratamiento dista de ser completo, pues a menudo no culmina con la rehabilitación cardiaca, abordaje que mejora la supervivencia de los afectados.

La rehabilitación cardiaca (RC) -definida por la Organización Mundial de la Salud como la suma coordinada de intervenciones para que los pacientes, por sus propios medios, puedan reanudar sus actividades de manera óptima- completa el tratamiento de los pacientes con patología cardiaca. Con ella se obtiene un descenso de la mortalidad del 20 al 26 por ciento, así como mejora en los marcadores inflamatorios, en la capacidad funcional y en el estado psicológico del paciente.

Según la última encuesta de la Sociedad Española de Rehabilitación Cardiorrespiratoria (Sorecar), en España dos tercios de los 27 centros que llevan a cabo programas de RC se concentran en tres comunidades autónomas (Cataluña, Madrid y Andalucía). Esto implica que, según la Sociedad Europea de Cardiología, menos de un 5 por ciento de la población tributaria española se beneficia de este tratamiento, mientras que en Suecia lo hacen entre el 50 y el 75 por ciento de los pacientes con indicación, y en Italia llegan al 25 por ciento.

Ese dato tiene otra interpretación: 95 de cada cien nuevos infartados no reciben rehabilitación cardiaca. Algo preocupante en tanto en cuanto la incidencia anual de infartos en España es de 68.500 casos.

A ello hay que añadir la isquemia crónica, que se presenta en el 1-2 por ciento de la población mayor de 40 años y en el 10 por ciento de aquéllos por encima de los 60 años. De hecho, la isquemia crónica (IC) es la primera causa de hospitalización en la población mayor de 65 años, responsable de 74.000 ingresos al año en España.

Eficaz, eficiente y seguro
"Aunque se rehabilita al 5 por ciento de los pacientes que han sufrido un infarto, sólo se hace lo propio con menos del 1 por ciento de los posibles candidatos, sobre todo los pacientes con IC", señala Eulogio Pleguezuelos, presidente de Sorecar, médico rehabilitador del Hospital de Mataró y miembro de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física (Sermef).

Así pues, "la RC es un tratamiento eficaz, eficiente, y seguro, pero infrautilizado en España, a pesar del incremento de unidades de RC (en 2003 sólo había doce)".

Las causas de la baja implantación de los programas de rehabilitación cardiaca es multifactorial; no obstante, "podemos destacar la falta de recursos, de apoyo de las instituciones, de conocimiento e información de los pacientes, e incluso de algunos profesionales sanitarios, así como cierto desinterés por parte de cardiólogos y médicos rehabilitadores, y por último, la falta de entendimiento entre los diferentes servicios que integran las unidades multidisciplinarias e interdisciplinarias de la RC", explica Pleguezuelos.

"Los profesionales que integramos las unidades de rehabilitación cardiaca debemos hacer una reflexión importante con el objetivo de sumar nuestros conocimientos y valorar desde diferentes aspectos al paciente cardiaco para así obtener unos mejores resultados", ha apostillado. La encuesta también señala que el número de facultativos dentro de las unidades de rehabilitación cardiaca varía entre uno y tres, la mayoría de ellos con dedicación parcial. Además, el 40 por ciento de los centros no cuentan con personal de enfermería especializado.

Patología principal
Siempre según la encuesta, la presencia del psicólogo también es reducida; de hecho, casi cuatro de cada diez centros no tienen ninguno. Por otra parte, la cardiopatía isquémica es la patología principal que se trata en las unidades de rehabilitación cardiaca, seguida de la insuficiencia cardíaca. En un porcentaje inferior al 10 por ciento se realiza tratamiento para pacientes intervenidos y valvulopatías.

La mayoría de los programas duran ocho semanas en un régimen de tres veces a la semana, y todos los centros excepto uno realizan sesiones informativas sobre educación sanitaria para pacientes y familiares. Sólo un centro tiene relación con atención primaria: el Hospital Virgen de la Victoria, de Málaga, que en coordinación con la primaria realiza programas de rehabilitación extrahospitalaria.

Via: diariomedico.com

Llamazares contra la posibilidad de poder escoger tu propio médico.


El portavoz parlamentario de Izquierda Unida (IU), Gaspar Llamazares, ha pedido en una carta al Defensor el Pueblo, Enrique Múgica, que estudie la posibilidad de promover un recurso de inconstitucionalidad contra la ley de libertad de elección de médico en la Comunidad de Madrid por "su posible incompatibilidad con la Ley General de Sanidad de 1986 y la Constitución, en su artículo 45 relativo al derecho a la protección de la salud de los españoles".

Asimismo, ha enviado también cartas a la ministra de Sanidad y Política Social, Trinidad Jiménez, y al vicepresidente tercero y ministro de Política Territorial, Manuel Chaves, para solicitarles "que promuevan un posible conflicto de competencias de los del título IV de la Ley 2/79, del Tribunal Constitucional".

Para Llamazares, esta norma impulsada por el Gobierno de Esperanza Aguirre quiere ser "el marco legal de la denominada privatización funcional del sistema sanitario madrileño", que generará "un modelo sanitario de mercado, contrario a los principios constitucionales y las normas básicas de leyes del Estado como la Ley de Sanidad".


Via: diariomedico.com

¿Cómo puede estar el Sr. Llamazares en contra de que el paciente pueda escoger libremente a su médico?. La premisa incicial para una buena relación médico-paciente es la empatía entre ambos. Además ¿no habíamos quedado en que la profesión de médico es una profesión liberal?. Bueno, según la gente de Izquierda Unida no.

Sr. Llamazares ¿sería tan amable de salir de la demagogia simplista bueno-público y malo-privado cuando se refiera a la medicina? No hay personas y sistemas buenos o malos sino sistemas y personas eficientes.

La rehabilitación cardiaca en España

La cardiopatía isquémica, como el infarto y la angina de pecho, es la primera causa de muerte en la mayoría de las sociedades desarrolladas. La insuficiencia cardíaca, la tercera. La Rehabilitación Cardíaca (RC), según la definición de la OMS, es “la suma coordinada de intervenciones requeridas para influir favorablemente sobre la enfermedad, asegurando las mejores condiciones físicas, psíquicas y sociales para que los pacientes, por sus propios medios, puedan conservar o reanudar sus actividades en la sociedad de manera óptima.

Este tipo de programas deben de obedecer a las necesidades que los pacientes con cardiopatía desarrollan después de haber presentado un evento cardiovascular y son a largo plazo. En general, las actividades que los comprenden son: la evaluación médica y al estratificación de riesgo cardiovascular consecuente, la prescripción de programas de entrenamiento físico, el cambio de estilo de vida hacia uno cardiosaludable, la enseñanza y el consejo a los pacientes.

La rehabilitación no debe considerarse como una terapia aislada, sino que debe ser integrada en el tratamiento global de la cardiopatía, de la cual ésta forma sólo una faceta. Se trata de la prevención secundaria, es decir
mejorar la calidad de vida asociada a la salud, disminuir las limitaciones producidas por la sintomatología, promover la adaptación del paciente a sus enfermedades crónicas, controlar la depresión y la ansiedad, brindar consejo experto sobre la actividad sexual, reducir el riesgo de muerte súbita ó reinfarto, estabilizar ó revertir el proceso de aterosclerosis, fomentar el retorno al trabajo y en general, promover la reintegración a su vida cotidiana tanto laboral como social, sexual y familiar.

Pues bien, en España sólo 27 centros llevan a cabo programas de RC, de los cuales dos tercios (el 66,6) se concentran en tres comunidades autónomas (Cataluña, Madrid y Andalucía). En las Islas Baleares no hay ningún centro, ni público, ni privado, que realice programas de rehabilitación cardiaca. Esto conlleva que, según la Sociedad Europea de Cardiología, menos de un 5 por ciento de la población tributaria española se beneficia de este tratamiento, mientras que en Suecia o Alemania lo hacen entre el 50 y el 75 por ciento de los pacientes con indicación de RC. En Italia, el 25 por ciento.

Este dato tiene otra interpretación. Aproximadamente 95 de cada cien nuevos infartados no reciben rehabilitación cardíaca. Este dato es preocupante en tanto en cuanto la incidencia anual de infartos en España es de 68.500 casos. A lo cual hay que añadir la Isquemia Crónica (IC), que se presenta en el 1-2% de la población mayor de 40 años, y en el 10 por ciento de la población por encima de los 60 años.

Aunque se rehabilita al 5 por ciento de los pacientes que ha sufrido un infarto, sólo se hace lo propio con menos del 1 por ciento de los posibles candidatos, sobre todo los pacientes con insuficiencia cardiaca. Así pues, la RC es un tratamiento eficaz, eficiente, y seguro, pero infrautilizado en España.

No se está ofreciendo un tratamiento completo a los pacientes con patología cardíaca, con el que se obtendría una serie de beneficios como el descenso de la mortalidad entre el 20 y el 26 por ciento, el descenso en los marcadores inflamatorios, la mejora en la capacidad funcional, y la mejoría del estado psicológico del paciente.

Las causas de esta baja implantación de los programas de RC es multifactorial, no obstante, podemos remarcar algunas como: falta de recursos, falta de apoyo de las instituciones, falta de conocimiento e información de los pacientes, desconocimiento por parte de los profesionales sanitarios, ‘desinterés’ por parte de cardiólogos y médicos rehabilitadores, y por último, ‘falta de entendimiento’ entre los diferentes servicios que integran las unidades multidisciplinarias e interdisciplinarias de la rehabilitación cardiaca.

Se olvidan también factores económicos. Un estudio (pag.16) de la prestigiosa consultoría "
Prognos AG" para la "Sociedad Alemana de Rehabilitación Médica" -Deutsche Gesellschaft für Medizinische Rehabilitation e. V. (DEGEMED), afirma que cada euro invertido en rehabilitacion médica revierte en una ganancia para la economía nacional de cinco euros. Con la rehabilitación miles de personas pueden integrarse de nuevo al mercado laboral y por lo tanto se ahorran millones de euros en días de baja laboral y aportaciones para el desempleo o pensiones. La rehabilitación, tanto ambulatoria como la que se efectúa en hospitales, crea miles de puestos de trabajo para personal cualificado y esto revierte de nuevo en la sociedad con el consiguiente utilización y consumo de material sanitario de todo tipo, manteniendo con ello puestos de trabajo en las empresas de tecnología sanitaria. Además multitud de instalaciones hoteleras, con un mínimo en inversiones podrían ser reconvertidas en clínicas de rehabilitación especializadas en órganos o sistemas, desestacionalizando, es decir manteniendo así los puestos de trabajo durante todo el año, y creando también nuevos puestos de trabajo para personal sanitario. Cualquier hotel de un balneario, con una mínima inversión, podría servir como clínica de rehabilitación. Buenos ejemplos de ello se encuentran por toda Europa, sobre todo en Alemania. En definitiva hay que salirse del modelo de que la rehabilitación en sólo un gasto sino que puede ser el mayor generador de puestos de trabajo del sector sanitario y convertirse un día en pequeña locomotora de la economía nacional.

Medicina, Médicos y Sistema ¿Triple crisis?


En el presente artículo de opinión, José Repullo, profesor y jefe del Departamento de Planificación y Economía de la Salud, de la Escuela nacional de Sanidad (Instituto de Salud Carlos III) nos plantea si es posible renovar el contrato social para organizar la respuesta a la cronicidad.

TRIPLE CRISIS: MEDICINA, MÉDICOS Y SISTEMA; ¿PODEMOS RENOVAR EL CONTRATO SOCIAL PARA ORGANIZAR LA RESPUESTA A LA CRONICIDAD?

Es bien sabido que la medicina y los sistemas sanitarios no han sabido responder adecuadamente al cambio demográfico y epidemiológico que marca el paso al envejecimiento, la cronicidad y la co-morbilidad.

Quizás también es comúnmente conocido que tanto la medicina como los sistemas sanitarios perseveran obstinadamente en el paradigma actual de respuesta asistencial, buscando el virtuosismo en procedimientos e intervenciones singularizadas, más que en procesos integrados y trayectorias pluri-patológicas de pacientes. El encarnizamiento terapéutico en el final de la vida, es sólo el más visible, ineficiente y cruel de los excesos que se practican habitualmente.

Sin embargo, es posible que no seamos conscientes de la intensidad del desajuste y del daño que este desenfoque está produciendo, y el que puede ocasionar en la legitimidad de la medicina, en la moral de los profesionales médicos, y en la sostenibilidad de los sistemas públicos de salud.

Revisemos brevemente estas tres dimensiones: medicina, médicos y sistemas sanitarios públicos.

a) La medicina moderna se ha desorientado por culpa de la fascinación tecnológica, la comodidad indolente de la hiper-especialización, y la insensata tendencia a conceder prestigio a lo molecular en detrimento de lo profesional.

Esta misma ola se ha llevado por delante el papel central que debería haber jugado la atención primaria en la medicina moderna; no sólo la ha relegado a un papel secundario, sino que ha introducido de forma insidiosa la fantasía de especializarse y acceder a procedimientos y tecnologías fascinantes: en vez de ser directores de orquesta, que es lo que deberían de ser, algunos desesperanzados creen que la salida está en aprender a tocar diversos instrumentos.

b) La profesión médica no ha sabido reaccionar a esta desorientación de la medicina; su secular debilidad colegial, su fragmentación interna, y la falta de liderazgos sabios y respetados, la han llevado a seguir los cantos de sirena, abandonando a su suerte a aquellos que no quieren seguir la irracional deriva de la medicina; y algunos han ido más lejos, echándose en brazos de las amistades peligrosas, que desde el mundo tecnológico e industrial que nos rodea, impulsan activamente que los médicos se trasmuten de profesionales a tecnólogos.

Y también los médicos se han deslizado por la pendiente de la identidad laboral alienada, llegando a asumir, más allá de lo razonable, la condición de “empleados”. Al internalizar una visión roma de las relación laborales, y sindicalizarla sin ningún contenido distintivo de nuestra particular relación con los pacientes y la sociedad, acabamos uniéndonos al victimismo dominante, que nos lleva a echar la culpa de todos nuestros males al empleador (más fácil en la sanidad pública, pues las anchas espaldas de “La Administración” soportan cualquier demanda o frustración sin el menor problema).

El corolario de esta disipación del buen profesionalismo es la desilusión y queme profesional; ¿porqué no disfrutamos los médicos practicando medicina?: muy sencillo: porque estamos dejando de hacerlo; porque hemos perdido al paciente en medio de tanto ruido y tantos medios. Y sin el paciente concreto y completo no hay buena medicina, ni satisfacción trascendente, ni sensación de trabajo bien hecho (por excelente que sea la maestría con la que hemos ejecutado un procedimiento).

c) Y los sistemas públicos de salud tampoco han sido capaces de cambiar las reglas de juego: un sistema sanitario pensado para atender procesos agudos y bien acotados, es cada vez más hostil y dañino para los pacientes que buscan respuestas más integradas y razonables.

Porque, incluso cuando se formulan buenas políticas de cambio organizativo (nuevo modelo de primaria, áreas de salud, prevención y promoción, gestión integrada de áreas, gestión por procesos y patologías, etc.), falta la energía o la inteligencia para gestionar el cambio profundo de roles profesionales que se precisa. O bien, muchos políticos acaban dejándose llevar por los mismos cantos de sirena, y se ponen al frente de la fascinación tecnológica o de la fragmentación asistencial.

Así, a pesar de las evidencias de los años 90 de que la asimetría de información (de médicos y pacientes) hace inservibles los mecanismos asignativos del mercado, muchos políticos insisten en presentar la libre elección del paciente como fuerza motora del cambio. O se unen a un hiper-hospitalocentrismo profesando la misma fe en la religión de la fascinación tecnológica dominante: sólo hay que ver qué cosas inaugura un político y donde nunca se le suele ver.

Al fragmentar y desorientar su punto de vista, el político pierde la virtud fundamental del buen gobierno; tomar decisiones de acuerdo a prioridades globales. Por eso, cualquier innovación que marginalmente aporte un átomo de eficacia (no efectividad) parece que debe ser financiada de forma inmediata y generalizada. La rivalidad entre políticos crea un dilema del prisionero, que hace que si uno no aplique la última innovación (tecnología, vacuna, etc.), otro se le adelantará y perderá el plus de prestigio y ganancia electoral.

Y en esta pendiente, los políticos alimentan las fantasías de usuarios y pacientes, y les deseducan con la seducción del clientelismo exacerbado. No sólo ellos: el complejo mediático que les rodea, llevado por lo noticiable (lo novedoso y lo adversarial) y recalentado por esas amistades peligrosas que lo financian selectivamente, complica el juego y completa la tarea deseducativa que imprime la dinámica general.

Difícil evitar que los pacientes no acusen este impacto de promesas y expectativas de los políticos, los medios y la industria; e imposible que luego no se estrellen contra el muro de la desilusión de la práctica médica, cargándose de agresividad contra el profesional de carne y hueso que al final encarna ante el paciente todo el complejo de la medicina y el sistema sanitario. El ciclo de la entropía creciente se cierra en forma de distanciamiento o relaciones cada vez más adversariales y hostiles entre médicos y pacientes.

El resultado de las tres desorientaciones es una crisis combinada: mala medicina (con excelentes procedimientos), médicos insatisfechos (que no imaginan que la causa de su mal está más cerca de lo que creen), y sistemas sanitarios cada vez más ineficientes e insostenibles. Y al calor de esta crisis, intervenciones cada vez más inapropiadas, inútiles, inclementes, insensatas… e insoportablemente caras. La desconfianza se extiende entre todos los agentes, y la legitimidad de médicos, medicinas y sistemas públicos de salud es tan precaria que puede ser barrida por un vendaval a poco que cristalice el descontento: un youtube de una médica-monja puede así poner contra las cuerdas a toda una campaña de vacunación de la gripe A.

Hay algunas buenas noticias también: que nos estamos dando cuenta del problema; que las tecnologías de información y comunicación están abriendo posibilidades de enfoques más amplios y longitudinales para la atención médica; que algunas experiencias de las llamadas “organizaciones sanitarias integradas” están dando resultados y permitiendo visualizar que otros futuros son posibles; que algunas instituciones colegiales empiezan a querer liderar un cambio real de la profesión; y que, aunque de forma tímida, la medicina ha empezado a reflexionar sobre los conflictos de interés y las fantasías que la han arrastrado tan lejos de su vocación y misión esencial.

Rafael Bengoa, consejero vasco ha puesto el tema de iniciar el cambio para atender a la cronicidad, como una estrategia central para que Osakideza mejore sus servicios y garantice su sostenibilidad. Buen camino sin duda; es la dirección apropiada.

Cuánto ayudaría que los organismos, agencias y entidades de la ciencia, la medicina y la sanidad pública hicieran una estrategia compartida, que impulsaran un nuevo contrato social para la atención a la cronicidad y el paciente frágil y pluripatológico; es decir, para la atención sanitaria en las sociedades modernas y desarrolladas.

Este sí que sería un buen pacto de estado, que permitiría ver con mucho más optimismo tanto la sostenibilidad del sistema, como el rearme moral y personal de los médicos y enfermeros que cada mañana se dedican a cuidar a nuestros conciudadanos.

José R. Repullo Labrador
Profesor y Jefe del Dpto. de Planificación y Economía de la Salud
Escuela Nacional de Sanidad / Instituto de Salud Carlos III

Via: medicosypacientes.com

Estimado Prof. Repullo, permítame que discrepe de algunas de las ideas vertidas en su artículo. No hace en ningún momento alusión a la medicina privada. Usted, como muchos otros economistas de la salud empleados del Estado, pretenden ignorar que la medicina privada en España colabora ya con un 30% de todas las prestaciones sanitarias y en algunas comunidaddes como las Islas Baleares, el número de médicos que trabajan en la medicina privada es del 46,89%, montante nada despreciable. Repito en las Baleares, la mitad de los médicos trabaja en la medicina privada. (Véase el informe de la Organización Médica Colegial de julio de 2009 sobre demografía médica en su página 31).

En su escrito nos dice que " La medicina moderna se ha desorientado por culpa de la fascinación tecnológica, la comodidad indolente de la hiper-especialización, y la insensata tendencia a conceder prestigio a lo molecular en detrimento de lo profesional." España es el país del mundo con más consumo farmacéutico por habitante y año según datos objetivos de la OCDE en un informe de 2008. A España le siguen Francia, los Estados Unidos y Australia. ¿No sería cuestión de plantearse seriamente averiguar las causas de por qué ocupamos este triste primer puesto? ¿Por qué en España se consumen tres veces más medicamentos que en Dinamarca?. Sr. Repullo, Usted conocerá los datos y es Economista de la Salud, ¿sería tan amable de aportar algunas explicaciones?

Afirma que ha sido erróneo el intentar aumentar la formación de los médicos de este grupo. En eso no le doy la razón. Las urgencias hospitalarias en España están sobrecargadas por que las urgencias de primaria son en su mayor parte inútiles para su función. Si yo pido cita para el médico de cabecera para una urgencia en un centro de salud, me puedan dar la cita para dentro de dos días. Para obtener el resultado de una analítica general pueden pasar perfectametne 7 días y para hacer una radiografía, otros tantos. Para una ecografía abdominal varias semanas, etc. Este tipo de pruebas tienen que estar solucionadas en un día, en un solo día y no sólo en caso de urgencia. Con las técnicas actuales de informacion y comunicación es esto posible. El médico de primaria tiene que tener la suficiente preparación y formación para interpretar correctamente una placa radiográfica, un electrocardiograma, para realizar una ecografía abdominal para la patología urgente y común, etc.

¿Por qué en la mayoría de centros de salud no se puede realizar una radiografía, por qué en la mayoría de los centros de salud no se puede realizar una ecografía abdominal? En otros países europeos, como Alemania, lo puede hacer cualquier médico de familia en su consulta. Sr. Repullo, el médico que dispone sólo de un talonario de recetas y un estetoscopio no puede hacer actualmente buena medicina en España, pero ni en España ni en Gambia. Sí se trata de formar a los médicos de primaria y cada vez más. No tienen que ser médicos hiperespecialistas pero sí buenos médicos de primaria, cada vez mejor preparados. Y no todo consiste en aumentar los presupuestos. ¿Por qué nadie habla de aumentar la productividad? ¿Conoce Usted las estadística de absentismo laboral del personal sanitario estatutario de las distintas autonomías? ¿Y los datos de "presencia física en horario laboral"?. Y hablando de presupuestos, la Atención primaria recibe sólo el 14% de todos los recursos sanitarios del país. (Véase el borrador de la "Evaluación del Marco Estratégico para la Mejora de la Atención Primaria. Proyecto AP-21" de la medicina pública, página 12).

Usted afirma que "el resultado de las tres desorientaciones es una crisis combinada: mala medicina (con excelentes procedimientos), médicos insatisfechos (que no imaginan que la causa de su mal está más cerca de lo que creen), y sistemas sanitarios cada vez más ineficientes e insostenibles. Y al calor de esta crisis, intervenciones cada vez más inapropiadas, inútiles, inclementes, insensatas… e insoportablemente caras." Si Usted no aporta ninguna solución yo le aporto unas cuantas.

Si considera al sistema público ineficiente e insostenible, a los médicos del sistema público como insatisfechos y la medicina que se hace en el sistema público como mala, Sr. Repullo, ¿por qué se empeñan en mantener en vida un sistema que a todas luces es ineficiente y además en todos sus eslabones? Sea valiente y aporte soluciones nuevas. Para que la medicina pública funcione necesita un elemento de competencia. Dénle al paciente la oportunidad de escoger entre pública y privada. No contrate a más funcionarios. Aumente la productividad. Disminuya el absentismo laboral. Saque a los políticos de los hospitales. ¿Le parecen pocas nuevas ideas?

Sr. Repullo, el gran pacto de Estado para la Sanidad española no está en poner de acuerdo a socialistas y populares. El gran pacto de Estado consiste en la sinergia entre la medicina pública ofertada por el Estado y las empresas y profesionales de la medicina privada. Mientras Usted siga ignorando a la medicina privada y el Estado sea el proveedor de los servicios con patente de corso, aquí no mejorará nada. El Estado tiene que regular el marco en que se desenvuelva la Sanidad, ocuparse de los que no tienen recursos, y punto. Como bien decía mi buen amigo Gonzalo Lozano, ¿qué es más importante para el ciudadano, la alimentación o la salud? La alimentación, sin duda alguna. Y si para la alimentación el Estado no se ocupa de ser el proveedor y todo funciona perfectamente ¿por qué tiene que ser el proveedor en la Sanidad? En cuestión de alimentación el Estado tiene que controlar que se cumplan los criterios de calidad que nos hemos fijado y ocuparse directa- o indirectamente de los que no tienen recursos para encontrar comida, y punto.

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Cambios necesarios en Sanidad

Los desequilibrios que han hecho insostenible nuestro modelo económico amenazan hoy el mantenimiento de nuestro Estado de bienestar. Los economistas de la salud distinguen los dos lados de la decisión sanitaria: el de los beneficios en la recuperación de la salud (años de vida, ajustados por la calidad con la que se viven) y el de sus costes, no solo presupuestarios y administrativos, sino sociales y de oportunidad (por las alternativas perdidas de no asignarlos eficientemente). Estas diferencias son fundamentales frente a las de quienes prescriben políticas de gasto sin referencia alguna a los ingresos, o quienes defienden lo público desconociendo las opciones de regulación (precios y copagos como alternativas substitutivas), y que en su referencia a los impuestos, omiten la pérdida de bienestar vinculada a una imposición. Utilizan a menudo como substitutivo de lo público al Estado, y este, a su vez, como subrogado de lo social.

Esta visión de política sanitaria muestra dificultades en otorgar en un sistema público de salud cierto papel a los precios privados regulados, o al aseguramiento complementario privado colectivo. Mantienen, así, que la solidaridad en financiación pasa exclusivamente por el recurso a los ingresos fiscales presupuestados. Asimismo, acostumbran a otorgar al sector privado un peso puramente residual al prejuzgar que el aseguramiento público es siempre social y requiere proveedores públicos, mientras que el privado –aunque se regule- lo podrá ser nunca.

Pero solo con impuestos se ignoran otros instrumentos de financiación que pueden ser en ciertos ámbitos más equitativos (los copagos variables y evitables) que algunos impuestos indirectos (que son regresivos porque recaen en contribuyentes que no son usuarios).

De ahí deriva la falta de consenso para las reformas necesarias de política de salud, y más con el grave déficit generado por la crisis. Una sociedad adulta debería exigir que este esfuerzo se haga con seriedad y no en el fragor de la descalificación política ante supuestas rentas electorales. A este respecto, un pacto de Estado es tan deseable hoy como poco factible vista la falta de acuerdo de nuestros partidos en sacar la sanidad de la batalla partidista. Quizá por ello sea lógico plantear un conjunto de procedimientos y reglas que pueden ayudar a afrontar los desequilibrios con un poco más de tranquilidad. Se trataría de crear un marco de decisión lo más estable y menos manipulable posible, a través de la fijación de normas e instituciones como el pacto europeo para la estabilidad de las finanzas públicas, la autoridad monetaria del BCE, o el Instituto para la Excelencia Clínica en Inglaterra, para las nuevas prestaciones sanitarias. Se trata, a través de la delegación a terceros, de que algunas decisiones que los propios partidos saben que hace falta tomar, se sustraigan del ciclo electoral.

Ello implica que, en temas preestablecidos, se expliciten algunas reglas, implicando su imposición, sea quien sea quien gobierne. Por ejemplo, compromiso de inversión de larga duración en inversiones y formación, obligando a poner coste actual a pérdidas futuras. También se puede forzar, a tiempo limitado, la corrección de desequilibrios en el momento en que aparezcan, a la vez que se ofrezca a los agentes económicos marcos legales estables. Incluso se puede plantear el principio de libre elección del usuario contra los intereses de los proveedores en mantener demandas cautivas.

Con una visión intersectorial de la políticas públicas (salud en todas las políticas, sería el lema) y la necesidad de que su evaluación sea conjunta, se debe abandonar el quién gasta qué en favor del cómo se gasta y con qué finalidad. En la misma línea, no se debe permitir ninguna innovación que no esté evaluada, y, a su vez, exigir que toda prestación nueva identifique a la que substituye, o que un ingreso extraordinario no acabe financiando un gasto ordinario o recurrente.

Otros supuestos podrían referirse a cómo deben gestionarse los fondos para la cobertura de los casos extremos, el nivel de transparencia que se debe mantener en la publicación de los resultados de salud (central de balances y de resultados), qué cauces deben garantizar el mantenimiento de políticas de medio y largo plazo cuando así lo requiera la lucha contra los determinantes de la desigualdad social, o en favor de alternativas de tasas de preferencia bajas o incluso negativas en algunos ámbitos en los que el altruismo social así lo desee.
Se trata de establecer de manera continuada mecanismos de ajuste automático en varios ámbitos de beneficios y costes sociales, para garantizar la sostenibilidad del Estado de bienestar. Una ventaja de esta posición sería confiar en ajustes a través de mecanismos más reglados que sustrajeran carga política a las decisiones que se puedan presentar como impopulares y con poca viabilidad de aplicación por el fuego cruzado político, pese a que se reconozcan como necesarias, a efectos de evitar el cortoplacismo político, el deterioro institucional y los déficits de calidad de las políticas públicas.

Via: el periodico.com

El autor es Guillem López Casasnovas, Catedrático de Economía de la UPF.